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El “Padre DJ” Guilherme Peixoto sacudió la Plaza de Mayo y puso en evidencia la grieta religiosa

Por un lado, el pulso hipnótico del techno; por el otro, la solemnidad de la sotana. La presentación de Guilherme Peixoto en el centro político de la Argentina trascendió el formato de concierto: se convirtió en un experimento social que dejó expuestas las tensiones dentro de una Iglesia que oscila entre la apertura impulsada por Francisco y los sectores más aferrados a la tradición.

La Plaza de Mayo ha sido escenario de revoluciones, reclamos sociales y discursos políticos. Sin embargo, lo ocurrido este sábado frente a la Casa Rosada y el Cabildo desbordó cualquier esquema de liturgia tradicional. Con auriculares y manos sobre la consola, el sacerdote portugués Guilherme Peixoto —conocido por haberse vuelto viral al evangelizar al ritmo de los “bpm”— convirtió el corazón del país en una pista de baile a cielo abierto.

Mientras miles de personas saltaban y celebraban, desde las redes sociales y los bancos de los templos comenzó a gestarse una fuerte reacción crítica. El evento, gratuito y abierto al público, fue concebido como un homenaje al Papa Francisco: un gesto alineado con la idea de una “Iglesia en salida”, aquella que no espera a los fieles en el altar, sino que va a su encuentro, especialmente entre los jóvenes.

Sin embargo, la propuesta chocó con una tensión latente: la grieta también atraviesa a la Iglesia. Y lo más llamativo no fue la reacción de quienes están por fuera de la fe —para ellos, el espectáculo pudo ser una curiosidad o incluso motivo de burla—, sino las críticas provenientes del propio mundo católico. Sectores más tradicionales no tardaron en calificar el evento como un “insulto” e incluso llamaron a no escucharlo, sosteniendo que Peixoto no representa los valores eclesiásticos. Para estos grupos, la solemnidad es un elemento innegociable de la experiencia religiosa.

Las resistencias no se limitaron al ámbito de la fe. Dentro de la escena electrónica también aparecieron cuestionamientos. Persiste una asociación reduccionista entre este género musical y el consumo de estupefacientes, un estigma que el propio Peixoto intentó desarmar durante su presentación. Hubo quienes se emocionaron hasta las lágrimas y rezaron mientras la música sonaba, pero eso no alcanzó para convencer ni a los puristas del techno —que ven en su propuesta una simplificación del género— ni a los más rígidos dentro de la Iglesia, que la interpretan como una falta de respeto.

En un país donde casi todo se interpreta en clave política, el evento tuvo una particularidad: la ausencia de banderas partidarias. Con la Casa Rosada como telón de fondo, un espacio habitualmente asociado a la confrontación, el mensaje se mantuvo en un plano espiritual y cultural. Incluso el arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, evitó referencias a la coyuntura política en su breve intervención ante una plaza colmada. Fue una celebración religiosa que, paradójicamente, encontró sus mayores tensiones en el interior de sus propios seguidores.

Más allá de las polémicas, lo que pudo observarse fue a un sacerdote compartiendo su vocación desde un lenguaje contemporáneo. Peixoto probablemente celebre la misa con la misma devoción que cualquier otro, pero entiende que el siglo XXI exige nuevas formas de comunicación. Su intención parece orientada a generar unidad: de pensamiento, de vida y, especialmente, entre generaciones.

Durante las casi dos horas y media que duró el set, convivieron escenas poco habituales: sacerdotes bailando y jóvenes —muchos de ellos alejados de la práctica religiosa— coreando mensajes de esperanza. Fue, en cierta medida, una imagen concreta de aquella Iglesia abierta que promovió Francisco: una comunidad capaz de salir de sus estructuras tradicionales para encontrarse con el mundo.

Al cierre de la jornada, la experiencia dejó una idea clara: la fe no responde a un único lenguaje. Para algunos, Dios habita en el silencio de una catedral; para otros, este sábado se manifestó en la intensidad de un sintetizador en Plaza de Mayo. En ese marco, resuena una cita del Evangelio, no como conclusión, sino como punto de partida para la reflexión: “Si ustedes fueran del mundo, la gente del mundo los amaría, como ama a los suyos. Pero yo los escogí a ustedes entre los que son del mundo, y por eso el mundo los odia, porque ya no son del mundo. Juan. 15,19.”

En este contexto, emerge también una mirada crítica desde dentro de la propia fe. Algunos sostienen que la sociedad —y especialmente los jóvenes— necesitan el testimonio de sacerdotes claramente identificados con su vocación, incluso desde lo visible, como la vestimenta. Desde esta perspectiva, se cuestiona que, en nombre de una cercanía aparente, se adopten formas que pueden diluir el sentido del sacerdocio.

Bajo esta mirada, la cercanía con el pueblo no debería expresarse en este tipo de iniciativas, sino en la centralidad del rito eucarístico, en la integridad litúrgica, en la misericordia en la confesión y en la presencia pastoral junto a enfermos y personas privadas de libertad.

A la vez, se plantea un rol más activo para los laicos: serían ellos quienes deberían impulsar este tipo de propuestas culturales y dinámicas, en el marco de su vocación evangelizadora en el mundo. Desde esta lógica, una mejor articulación entre sacerdocio y laicado podría contribuir tanto a enfrentar la disminución de vocaciones religiosas como a fortalecer una participación laical más comprometida y auténtica.